Me alejo de mis propios pensamientos y al volcar estas palabras acá intento acallar un poco las voces oscuras con las que insisto en atormentarme.
Entonces me quedo a solas por un rato. Pienso mientras escribo que qué bueno que escribo, digo, que qué bueno que tengo a mano, a disposición esta alternativa para intentar salirme del barro, salirme del pantano en que solito me hundo. Y qué frágil es la paz, el bienestar, el estar aquí y ahora. Qué fácil enroscarme y perderme del presente para sufrirme en el pasado que no tuve o en el futuro que no sé si tendré.
Tengo una confianza mágica basada más o menos en la percepción que tengo de mí mismo, una confianza o una esperanza en que si insisto en andar el camino un día a la larga lo encontraré. Quiero creer eso, necesito creerlo.
O sea, a pesar de los errores, a pesar de los fracasos, a pesar de las vueltas que dí, del tiempo que perdí, de todas las veces que hice las cosas mal, a pesar de los arrepentimientos, a pesar de los años de enojo y de rencor, a pesar de los alejamientos, la furia, el odio, la violencia. A pesar de todo insisto en creer que en algún momento encontraré el camino, la forma de hacer en serio las cosas. A pesar de todo confío en convertirme algún día en un adulto completo, confío en llegar a ser el que se supone que soy.
Mientras tanto este divague, estos viajes.
Algo es algo.
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